Un grito silencioso

Aturde. Y mucho. No lo escuchan? No puedo dejar de oírlo… Todo el día está gritándome.

Yo entiendo que quiera mi libertad. La cual también deseo, pero no logro vivirla, o alcanzarla.

También estoy cansado, no es el único que diariamente lucha porque yo sea mejor persona.

Creen que me gusta ser así? Creen que no quisiera una máquina del tiempo la cual me haga volver el tiempo atrás y no haber tomado tantas malas decisiones?

Pero estoy en una cárcel. Yo mismo me encerré, y yo mismo puse llave para no salir, la cual no recuerdo donde la deje. Y piensa que soy cruel por estar así, no, de verdad no quisiera esto.

Pero sigue gritándome. No lo soporto más.  Insiste en que deje esta celda, oscura, gris, húmeda, a la cual ya le estoy empezando a tener cariño por mantenerme tanto tiempo aislado de lo real.

Basta! No lo soporto más! Alguien haga que se calle… Me está empezando a hacer mal. Siento que voy a volverme loco. Aunque veo la puerta frente mío, nada de mi responde para ir hacia la libertad.

Nadie me entiende. Todos siguen sus vidas, pasan frente a mi celda, y creen que es normal. Pero ignoran como me grita, solamente yo los escucho.

Esperen.

Hay otra voz.

Ssshhh…  Silencio! Escuchen. Es como un susurro, y no logro oírlo.

Que es esa luz que se acerca a mi celda? La voz se hace cada vez más audible…

“Mateo 4:16…La gente que estaba en la oscuridad ha visto una gran luz. Y para aquellos que vivían en la tierra donde la muerte arroja su sombra, ha brillado una luz.”

La celda se abrió sola. Siento fuerzas, siento ánimo. Tengo que salir.

Como es posible que en un instante volví a estar en el mundo real? Acá hay color. Hay esperanza. Hay vida.

Jesús. Solo él puede hacer esto. Mi libertad. Mi plenitud.

El jamás va a entrar a la cárcel conmigo, solo hay espacio para mí, y para el que grita todo el tiempo en silencio.

Todo este tiempo que estuve encerrado, lo único que escuchaba eran gritos silenciosos que reclamaban que salga, que corra del estado en el que estoy, que rompa las cadenas que me tienen agarrados los pies y me impiden caminar.

Gritos insoportables, tan silenciosos que me aturdían y estaban llevándome a la locura. Y pensé que haciendo lo contrario a lo que me decía que era correcto, iba a hacerlo callar, pero no, gritaba más fuerte.

Pero hoy soy libre. La luz de Jesús vino en medio de tanta oscuridad a sacarme de este pozo. Y al fin, solo escucho Su voz.

Si, al fin yo mismo me calle, y no me grito más a mí mismo.

“Salmo 95:7 …porque él es nuestro Dios. Somos el pueblo que él vigila, el rebaño a su cuidado. ¡Si tan sólo escucharan hoy su voz! El SEÑOR dice: «No endurezcan el corazón…”

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